Las hierbas aromáticas son la principal fuente de desperdicio en una cocina de huerto. Compradas en manojo o recogidas a profusión, se marchitan en dos días en el cajón de las verduras. Tres métodos domésticos resuelven el problema.
El primero consiste en picar las hierbas finas, albahaca, perejil, cebollino o cilantro, llenar con ellas cubiteras de silicona y luego completar con aceite de oliva o un poco de agua antes de congelar. Cada cubito se convierte en una dosis lista para echar en un plato caliente.
El secado conviene a las hierbas resistentes como el tomillo, el romero, el orégano, el laurel o la ajedrea. Se cuelgan en pequeños manojos, boca abajo, en un lugar seco, oscuro y aireado durante dos a tres semanas, y luego se desmenuzan las hojas en tarros herméticos.
Por último, la sal de hierbas, mezcla a partes iguales de hojas picadas y sal gruesa, conserva el color y el aroma durante seis meses en frío. Una cucharada basta para perfumar una ensalada o un pescado a la parrilla.