El principio es sencillo de enunciar y exigente de cumplir: ninguna gota debe llegar al circuito. En la práctica, el mejor método consiste en sacar la planta del sistema cuando está en maceta o cesta, tratarla en un lugar aparte, dejarla escurrir por completo y volver a colocarla una vez que las hojas estén secas. Cuando la planta no puede moverse, coloque un film plástico o un cartón bajo el follaje para cubrir completamente la superficie del lecho de cultivo y la lámina de agua, y pulverice dirigiendo el chorro hacia arriba, por el envés de las hojas, que es precisamente donde se encuentran los pulgones y los ácaros.
El momento importa tanto como la precaución. Las fichas técnicas universitarias sobre jabones insecticidas recomiendan evitar las aplicaciones con calor, por encima de unos 32 °C, a pleno sol o en condiciones de sequedad, y tratar a primera hora de la mañana o al final de la tarde. También aconsejan probar en una pequeña zona del follaje y esperar veinticuatro horas antes de generalizar, ya que la fitotoxicidad varía mucho de una especie a otra. Busque una cobertura completa de las hojas sin exceso de escorrentía, que es precisamente lo contrario del gesto amplio y generoso que uno tiende a hacer de manera espontánea.
Por último, corte la bomba durante el tratamiento si su instalación lo permite, y espere a que todo esté seco antes de volver a ponerla en marcha. Una salpicadura aislada en un gran volumen rara vez es grave, pero la costumbre de pulverizar sobre los depósitos acaba siempre costando peces.