Por el lado de las empresas, las obligaciones de reporte medioambiental se endurecen y los compromisos se vuelven visibles, verificables, comparables. Por el lado de las administraciones, las políticas públicas buscan relocalizar lo que se puede y reconectar a los ciudadanos con su alimentación.
Pero el movimiento va más allá de las solas obligaciones. La relación con lo vivo cambia en profundidad. Cultivar, comprender, compartir un lugar de producción a escala de barrio se convierte en una necesidad compartida por públicos muy distintos.
En las escuelas, los hospitales, las residencias, los ayuntamientos y las oficinas, la necesidad de un soporte concreto y vivo para dar cuerpo a los valores defendidos se ha vuelto cotidiana. Las declaraciones de intenciones ya no bastan ; hacen falta dispositivos que se toquen, que se visiten, que se cuenten.
La acuaponía se convierte entonces en una herramienta al servicio de esta necesidad, a la vez objeto de aprendizaje, recurso alimentario, pieza de animación y señal de compromiso.