pH, conductividad y nutrientes: buscar el equilibrio adecuado
En acuaponía, el pH es el resultado de un compromiso permanente. El tomate preferiría un agua ligeramente ácida, en torno a 6,0, pero las bacterias del filtro y los peces reclaman un medio más neutro. En la práctica, apuntar a una horquilla de aproximadamente 6,4 a 7,0 satisface a todos los elementos del sistema y permite una buena asimilación del hierro y del fósforo. Bajar hasta 6,0 como en la hidroponía pura no es ni posible ni deseable aquí, ya que pondría bajo estrés al stock de peces.
La conductividad ofrece un segundo indicador útil. En fase vegetativa, la solución se sitúa generalmente en torno a 1,8 a 2,0 mS/cm. En cuanto aparecen las primeras flores, la situación se invierte: la demanda de nitrógeno disminuye mientras que la necesidad de potasio y fósforo aumenta con fuerza, ya que estos dos elementos gobiernan la fructificación, el calibre y el sabor.
Ahí reside toda la dificultad del tomate en acuaponía. El agua de los peces es rica en nitrógeno, pero a menudo escasa en potasio, calcio y hierro. Se corrige mediante aportaciones medidas, como por ejemplo sulfato de potasio, o alternando los correctores de pH para cubrir también el calcio. Un seguimiento regular mediante análisis de agua fiables resulta imprescindible, y nuestra guía sobre la carencia de hierro le ayudará a establecer el diagnóstico correcto cuando observe hojas jóvenes amarillentas con nervios verdes.